Por Juan Manuel Cano;

Corría el año 1967 y se me ve pasear por la calle General Mola. Sí, que nadie se asuste; la calle actualmente denominada Izelaieta llevaba el nombre del máximo responsable de los sublevados en el frente Norte de la Guerra Civil Española. El mismo que, tras los bombardeos de Eibar, entró en esta localidad y también en Ermua para ‘tomar posesión’ del territorio conquistado el 25 de abril de 1937.

Juanma 1967
Juanma Cano en la calle General Mola(Izelaieta hoy en día) en 1967

En los días en los que se captó esta imagen yo no sabía quién era Emilio Mola Vidal, ni falta que me hacía a unos días de cumplir tres años. Yo paseaba junto al Restaurante ‘Valerio’, donde mi padre trabajaba los fines de semana, con mi pantalón corto y mi flequillo de la época ‘beatle’.

En aquel 1967 Ermua contaba con 11.857 habitantes. Era el año en el que nació Kurt Cobain o el escritor ermuarra Txabi Arnal; el año en el que se fundaron grupos musicales influyentes como Genesis, Jethro Tull, Fleetwood Mac, The Stooges o Status Quo.

En aquel año, en el que además murió El Ché Guevara en Bolivia, yo tenía un lugar entre ceja y ceja: el quiosco de Currito, un lugar y un señor que quienes tenemos ya una edad recordamos sin duda con cariño. Pero… ¿Qué comprábamos cuando quienes ya peinamos canas eran tiernos infantes? Pues chicles ‘Bazoka’ o ‘Dunkin’, ‘Palotes’, ‘Sugus’, paraguas de chocolate o chocolatinas ‘Damel’ o unos ‘sobres sorpresa’ de plástico negro en los que podía salirte cualquier cosa. Y, por supuesto, caramelos de Cuba Libre en el ‘Cinema’ en el descanso de la películas de las tres, que solían ser de romanos o del oeste.

Ya por entonces, por lo que me cuentan, me gustaban las ‘salas de juegos’, locales que ya son historia pero que forman parte de las infancias y las adolescencias de muchos. Eran lugares en las que temías encontrarte con algún que otro ‘macarra’ jugando al billar, lugares además donde no podía faltar la máquina de discos. Teniendo tres o cuatro años, viviendo en la calle San Isidro, me escapaba a la sala de juegos de Goienkale, entonces calle Santa Cecilia. En el momento en el que entraba, el propietario de la sala hacía una señal a mi madre, que estaba asomada en el balcón intentando localizarme. No había problema: estaba en lugar seguro.

Viviendo en San Isidro me escapé varias veces, aunque no era consciente de ello: simplemente me dejaba llevar. Una vez, ante la desesperación de mis padres, que no me encontraban ni debajo de las piedras, estaba en casa de la vecina de abajo. ¿La razón? Que tenía televisión y me quedaba embobado con una serie protagonizada por The Monkees, un grupo prefabricado estadounidense que pretendía ser la respuesta a la fiebre ‘beatle’, que ya había cruzado el charco. Y en la otra ocasión en la que tomé ‘las de Villadiego’ me había llevado de la mano a otro niño más pequeño a la vía, a ver el tren. Yo lo llamo ‘espíritu aventurero’. Seguro que Miguel de la Quadra Salcedo comenzó así, pero él siguió con ese afán. Años más tarde me mudé con mi familia a los pisos promovidos por Don Teodoro en Ongarai, donde aprendí medianamente a jugar el fútbol y disfruté mucho teniendo el monte cerca. Viviendo mucho la calle, el barrio: algo que los niños y niñas de hoy nunca saborearán como entonces nosotros.